Acercando Territorios, Reforzando Resistencias

October 7, 2025

7 Oct, 2025

BY Sofian Antonellini

Reflexiones sobre militarización y antimilitarismo 

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¿Cómo acortar la brecha entre quienes están viviendo la guerra y el desplazamiento y quienes observamos desde lejos, abrumades por la impotencia y la culpa? ¿Cómo habitar la distancia de nuestras sufridas matrias mientras nos adaptamos a nuevos y ajenos territorios? ¿Cómo reclamar la vida, la alegría y la esperanza en tiempos de muerte, despojo y colapso? Esta reflexión surge de mi intento continuo por vivir con estas preguntas que fueron apareciendo desde que dejé Argentina en 2017. En lugar de ofrecer respuestas, busco compartir herramientas y pensamientos que puedan ayudar a otres a navegar preguntas similares. Invoco, o espero, que esta lectura sea sostenida por la ternura y sin miedo a las vulnerabilidades que aparecen cuando reconocemos el estado del mundo. 

Podemos comenzar, como sugiere el biólogo y filósofo argentino Guillermo Folguera1, preguntándonos: ¿Qué es lo que hay? Esta pregunta aparentemente simple nos invita a reducir la velocidad, a observar y a negarnos a dar por sentadas las estructuras que dan forma a nuestro sufrimiento. Como activista antimilitarista, me he dado cuenta que el militarismo —a menudo malinterpretado o reducido a la guerra y a la industria armamentística— es una estructura clave de opresión que debe ser nombrada, desenmascarada y combatida. 

El militarismo no es solo la guerra. Vive en la normalización de la violencia, en la represión de las protestas, en el silenciamiento de las voces indígenas. Está en los gobiernos que financian las armas por encima de la salud, la educación o la cultura. También se esconde en la vigilancia de los comportamientos dentro de nuestros propios movimientos y en las formas distorsionadas en que se ilustra nuestro futuro pacífico, un futuro en el que se nos obliga a estar separados en lugar de juntos. 

El militarismo tiene sus propias particularidades en cada territorio, pero a medida que las describimos y damos forma al monstruo, la distancia geográfica entre las tierras y la brecha entre los movimientos de resistencia se acorta, y el sentimiento de unión aparece como un lugar esperanzador desde el cual seguir resistiendo en un presente tembloroso. 

Por ejemplo, en Argentina, un país cómplice del genocidio en curso contra el pueblo palestino, cuando se habla de militarismo, de alguna manera la distancia entre nuestra lucha y la causa palestina se acorta y el monstruo se vuelve más fácil de identificar… Es el mismo cuerpo con diferentes cabezas. 

Tras la victoria de Milei en 2023, el avance de la presencia israelí en el país dio un nuevo giro. Los lazos de Argentina con Israel se remontan a décadas atrás, pero en los últimos dos años se han profundizado: Israel ha conseguido un mayor acceso a la infraestructura de gestión del agua en varias provincias argentinas2, firmó un “Memorándum de Entendimiento por la Democracia y la Libertad” con el presidente argentino3, y se ha beneficiado de una alineación diplomática más amplia bajo el gobierno de Milei, quien ha mostrado continuamente un fuerte apoyo a las orientaciones de la política exterior israelí4. El discurso del gobierno de Israel de la necesidad de defensa ante un enemigo o amenaza (amenaza externa=ciertos gobiernos, grupos e instituciones; amenaza interna=disidencias políticas e ideológicas) hace eco en el gobierno de Milei: el discurso militarista sostiene ambas posturas y respalda sus intereses coloniales e imperiales. Ante esto, el antimilitarismo aparece como un lugar común desde donde resistir. 

En Argentina, pero también en todo el mundo, el gasto militar ya no se limita a la compra y venta de armas para guerras. Ahora adopta la forma de medidas de austeridad —recortes en educación, artes, medicina y salud— para redirigir los recursos hacia el refuerzo de sistemas de control y seguridad domésticos: armas de corto alcance, gas pimienta, cámaras de vigilancia, mayor presencia policial, intervención de fuerzas militares en asuntos públicos y refuerzo del control fronterizo. La militarización se muestra como la promesa de un futuro seguro, en el que supuestamente nos protegemos unos a otros… Pero, en realidad, ¿de quién nos deberíamos proteger? 

Volviendo a la pregunta «¿Qué es lo que hay?», también hay y siempre ha habido resistencia. Las voces indígenas que resisten en Misiones detrás de los yerbateros, en Wallmapu, defendiendo territorio mapuche, o en Jujuy contra los desalojos y la extracción forzada de litio en manos de empresas extranjeras, llevan mucho tiempo defendiendo sus tierras y gritando en voz alta. Esas voces han sido sistemáticamente ignoradas, pero al mismo tiempo son invencibles e imposibles de silenciar. 

Argentina no es Milei. Israel no es Netanyahu. Palestina es más que un simple territorio. Los Estados-nación, como (de)formaciones imaginarias de nuestras tierras, también se han creado como herramientas de control. Cuando pienso en las conexiones entre Argentina y Palestina, siento el pecho pesado y a la vez más ligero, porque, independientemente de los intentos de dominación y control de gobiernos (neo)coloniales, nuestros pueblos, nuestras tribus, profundamente arraigados en la tierra, están más cerca que cualquier distancia geográfica. En sus voces, en su resistencia, reside el poder de una victoria escrita. 

Responder a «¿Qué hay?» abre el camino a «¿Qué podemos hacer?», o más bien a «¿Qué estamos haciendo ya?» para cambiar lo que hay. Como dice Ray Acheson en el documental Power on Patrol5, «nos enseñan que así es el mundo pero en realidad no es esa la escena que predomina. Por lo tanto, lo que tenemos que hacer es buscar y encontrar ejemplos de países, sociedades, comunidades y hogares que viven de otra manera, y convertirlos en la norma». El antimilitarismo consiste en resistir a la narrativa de que los seres humanos somos inherentemente violentos y, en su lugar, recuperar las historias de cuidado y de convivencia comunitaria. Y mientras desenterramos esas historias, pienso en lo que podemos seguir haciendo para fortalecer nuestros movimientos en estos tiempos de supervivencia. 

Para oponernos al militarismo, debemos aprender urgentemente a habitar y navegar los conflictos; no solo en el ámbito laboral o de activismo y militancia, sino también y sobretodo en el ámbito familiar, amoroso, en las amistades y en la misma calle. Esto también es una lucha espiritual. La militarización envenena no solo nuestras tierras, sino también nuestras almas. Necesitamos herramientas de sanación y protección: medicina herbal como la milenrama, paseos por la naturaleza, distanciamiento crítico de las redes sociales y prácticas espirituales que se centren en la conexión. «Los imperios no duran para siempre», debemos recordarnos a nosotros mismos. Y la esperanza es un músculo que podemos y debemos ejercitar juntos. 

El antimilitarismo también requiere que nos alejemos de las políticas identitarias que dividen y excluyen. Debemos ampliar nuestros movimientos para incluir a las comunidades rurales, a los hombres de clase trabajadora y a aquelles que a menudo quedan fuera de los espacios activistas. Como feministas, hemos sobrepasado en muchos casos la línea de la inclusión, reforzando en ocasiones grupos identitarios que dejan atrás a las personas más marginadas y que muchas veces no tienen acceso a herramientas para explorar sus opresiones y para pensar críticamente en otras formas posibles de vivir. Como dijo bell hooks en El Deseo de Cambiar (The Will to Change), la realidad es que si los hombres sufren, todes sufrimos. Entonces, ¿cómo podemos construir movimientos poderosos que nos incluyan a todes, todas y todos más allá de las categorías que una vez se crearon para dividirnos? 

No estamos solos. Las historias de Wallmapu, Líbano, Ruanda, Palestina y otros lugares nos recuerdan que el amor, la alegría y la resistencia coexisten en esta época de muerte y despojo. No hay soluciones sencillas, ni respuestas únicas, pero sí hay un rechazo sagrado a la muerte como proyecto, una cultura de cuidados sin fronteras ni idiomas hecha de gestos cotidianos, y nuestra voluntad compartida de transformar el mundo. No subestimemos el poder silencioso y persistente de la resistencia colectiva. Continuemos, o empecemos, desde este presente donde estamos, paso a paso, construyendo puentes de solidaridad y caminos de esperanza hacia un futuro donde finalmente seamos TODES libres de verdad.

Footnotes

  1. Guillermo Folguera es un biólogo, filósofo e investigador argentino que ha acompañado y acompaña a defensores de la tierra y territorios afectados por el extractivismo. Explora, a través del cuestionamiento filosófico y la narración de historias, las interconexiones entre la democracia, la muerte, la vida, el veneno y otros futuros posibles. Su libro Ontología del despojo explora los efectos de los agrotóxicos y el despojo en las comunidades argentinas a través de los lentes de la ciencia, el poder y la resistencia.
  2. Mekorot es la empresa israelí que controla el acceso al agua en Gaza y otros territorios palestinos ocupados. Aunque su presencia en Argentina se remonta a 2007, ha expandido exponencialmente su lobby en los últimos dos años, desde que asumió el gobierno de Milei. Recientemente han obtenido acceso a los planes maestros para el acceso y la gestión del agua en Jujuy y hay rumores sobre el plan de la empresa de expandirse a más provincias del país. Para obtener más información, pueden consultar la campaña «Fuera Mekorot», una campaña alineada con el movimiento global de Boicot a Israel (o BDS) para generar conciencia sobre los riesgos que implica que esta empresa cómplice de genocidio obtenga acceso a planes de infraestructura y el control del agua. Fuentes: Business & Human Rights Resource Center, agencia de noticias Tierra Viva, Desde La Raiz (portal independiente de información) y página web oficial de Fuera Mekorot.
  3. Durante la visita de Javier Milei a Israel en junio de 2025, ambos gobiernos firmaron un “Memorándum de Entendimiento en defensa de la Democracia y la Libertad”, donde “se comprometen a afianzar los lazos en la lucha contra el terrorismo y el antisemitismo, impulsando la defensa de las libertades y la democracia”. El mismo día en que se firmó este acuerdo (12 de junio), el ejército Israelí bombardeó puntos de distribución de comida en Gaza asesinando a más de 120 civiles. Fuentes: Portal oficial del Estado Argentino, Portal de Noticias Democracy now.
  4. Milei anunció la decisión de trasladar la embajada argentina en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, junto con otras decisiones diplomáticas que indican un cambio en las relaciones exteriores en consonancia con el Gobierno israelí, como el rechazo de varias resoluciones de la ONU para proteger a la población civil y exigir un alto el fuego. Estos cambios no solo convierten a Argentina en cómplice del genocidio contra los palestinos, sino que también cambian su agenda diplomática en una dirección completamente opuesta, mucho más belicosa y militarista. Fuentes: Clarín y Buenos Aires Herald. 
  5. Power on Patrol es un documental producido por la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (WILPF) como parte del programa Movilizar a los hombres por la paz feminista, estrenado en 2022. Arroja luz sobre el concepto de masculinidades militarizadas como factor clave en los conflictos, la violencia que los sostiene y las formas en que se manifiesta. Destaca en particular las historias de activistas que resisten la militarización para lograr una paz equitativa. Fuentes: consulte la página web de WILPF para ver el documental, disponible en español, inglés y francés.

Bridges of Resistance, Paths of Hope

Reflections on militarization and antimilitarism

As I sit and try to write, only questions invade my mind.

I let them come and stay for a while, not pushing a response or the need to clarify. 

The departure point is a question mark, a tender sentence for my inner child.

Abuela would say, despacito mi amor. Not knowing the answer is nobody’s fault. 

The only affirmation that is true and written in gold: there’s no freedom for one, only for all.

How do we bridge the gap between those who are experiencing war and displacement, and those of us watching from afar, overwhelmed by helplessness and guilt? How do we inhabit the distance from our suffering motherlands while adapting to new territories? How do we claim life, joy, and hope in times of death, dispossession and collapse? This reflection emerges from my ongoing attempt to live with those questions since leaving Argentina in 2017. Rather than offering answers, I seek to share tools, thoughts, and moments that might help others navigate similar questions while embracing tenderness and reinforcing resistance.

We must begin, as Argentine biologist and philosopher Guillermo Folguera suggests, by asking: What is there?. This apparently simple question invites us to slow down, to observe, and to refuse to take for granted the structures that shape our suffering. As an antimilitarist activist, I’ve come to realize that militarism — often misunderstood or reduced to just war and weapons industry — is a key structure of oppression that must be named, unmasked, and resisted.


Militarism isn’t just war. It lives in the normalization of violence, in the repression of protests, in the silencing of indigenous voices. It’s in governments that fund weapons over healthcare, education, or culture. It also hides in the policing of behaviours within our own movements, and in the distorted ways our peaceful futures are portrayed — futures where we are made to stand apart rather than together.

Militarism has its own particularities in each territory, but as we describe those and give shape to the monster, the geographical distance between lands and the gap between resistance movements becomes closer, and the feeling of togetherness appears as a hopeful place from where to continue standing in trembling presents.

For example, in Argentina, a complicit country in the ongoing genocide against Palestinians, when talking about militarism, somehow the distance from our struggle and the Palestinian cause becomes smaller and the monster easier to identify… It’s the same body with different heads. 

After Milei’s 2023 victory, the advance of Israeli presence in the country took a new turn. Argentina’s ties with Israel go back decades, but in the past two years they have deepened: Israel has secured greater access to water management infrastructure in several Argentine provinces, announced the relocation of its regional military and intelligence operations base from Chile to Buenos Aires, and benefited from a broader diplomatic alignment under Milei’s administration, which has shown strong support for Israeli foreign policy directions.

In Argentina, but also around the world, military expenditure is no longer limited to buying and selling bombs for export to distant lands. It now takes the form of austerity measures—cutting funds from education, the arts, medicine, and healthcare—to redirect resources toward purchasing short-range weapons, pepper spray, and strengthening border control, all in the name of suppressing dissent. Militarization is marketed as a promise of a secure future, where we supposedly protect each other from each other… But truly, from whom?

Back to the question What is there?, there also is and has always been resistance. The indigenous voices resisting in Misiones, behind the yerbateros, or in Jujuy, against the forced lithium extraction and evictions, have long been defending their lands and shouting loudly—ignored yet undefeatable.

Argentina is not Milei. Israel is not Netanyahu. Palestine is more than just a territory. Nation-states, as imaginary (de)formations of our lands, have also been created as tools of control. When I think about the connections between Argentina and Palestina, my chest feels both heavy and lighter—because regardless of attempts to align with settler-colonial governments, our peoples, our tribes, deeply rooted in the land, are closer than any geographical distance. In their voices, in their resistance, lies the power of a written victory.

Responding to What is there opens the path to What we can do, or actually What we are already doing to change what there is. As Ray Acheson frames it in the documentary called Power on Patrol, “we’re taught that this is the way the world is, but it’s not actually in reality, the dominant scene. So, what we need to do is dig in, find the examples of countries, societies, communities, and households that live differently, and build those up as the norm”. Antimilitarism is about resisting the narrative that humans are inherently violent, and instead uplifting stories of care, courage, and community-led survival. And as we dig up those stories, I think about what we can continue doing to strengthen our movements in these survival times.

Standing against militarism requires that we urgently learn how to inhabit and navigate conflict. This is also a spiritual struggle. Militarization poisons not only our lands but our souls. We need healing tools: herbal medicine like yarrow, grounding walks in nature, critical detachment from social media, and spiritual practices that center connection. “Empires don’t last forever,” we must remind ourselves. And hope — though difficult — is a muscle we can and must exercise together.


Antimilitarism also requires that we shift away from identity politics that divide and exclude. We must expand our movements to include rural communities, working-class men, and those often left out of activist spaces. As feminists, we have gone way over the line of inclusion, many times reinforcing clusters of identitarian groups that leave behind those most marginalised and without access to tools to explore their own oppressions and critically think of other possible ways of living, not just merely surviving. As bell hooks said it in The Will to Change, the reality is that if men are hurting, we all are. So how can we construct powerful movements that include us all beyond the categories that were once built to divide us?. 

We are not alone. Stories from Lebanon, Rwanda, Palestine, and beyond remind us that love, joy, and resistance coexist in this time of death and dispossession. There are no simple solutions, no unique responses— but there is sacred refusal, radical tenderness, and our shared will to transform the world. Let us not underestimate the quiet, persistent power of collective resistance. Let us continue where we are, step by step, one breath at a time.