¿Qué impacto tiene la falta de perspectiva de género en las respuestas al VIH?
Eugenia López Uribe es maestra en Estudios Políticos y Sociales por la UNAM y Directora Ejecutiva de Balance A.C. @elpezuribe #VecinasFeministas
Thu 06/16/2016, 12:00

A pesar de que las mujeres representan una tercera parte de las personas que viven con VIH en América Latina, y que los nuevos casos están aumentando en ellas, a nivel nacional se sigue sin incorporar la perspectiva de género en las leyes y políticas de respuesta a la epidemia.

Como sabemos, incorporar la perspectiva de género significa identificar y responder a las necesidades de hombres y mujeres con acciones que transformen los roles y estereotipos de género que, en el caso del VIH, nos ponen en vulnerabilidad de adquirir el virus y que una vez viviendo con él se convierten en barreras para el ejercicio pleno de derechos.

El VIH es una expresión de la desigualdad de género que se vive en todos los ámbitos de la vida. Es consecuencia de la violencia basada en el género que se practica en las relaciones erótico afectivas bajo la serie de estereotipos que hemos aprendido con el “amor romántico”.

La discriminación y la violencia estructural que vivimos las mujeres a lo largo de todo el ciclo de vida y en todos los espacios sociales, acompañada del estigma y la discriminación hacia las personas que tenemos orientaciones sexuales e identidades de género distintas a la heteronormatividad son los principales factores para aumentar la vulnerabilidad de las poblaciones clave (hombres que tienen sexo con otros hombres, trabajadores sexuales, trans y usuarias/os de drogas), jóvenes y mujeres.

No es posible “Terminar con el sida” como se ha propuesto Naciones Unidas en la reciente Declaración Política, si las políticas públicas no se enfocan en lograr el cambio cultural que se nos ha prometido desde las conferencias de los 90. Las mujeres, las y los adolescentes, jóvenes y las personas LGBTI necesitamos tener acceso a la información, la educación y los servicios que nos permitan tener control sobre nuestra sexualidad y protegernos de adquirir el virus. Necesitamos políticas que aborden las distintas expresiones de las múltiples discriminaciones para terminar con el sentimiento de minusvalía que desincentiva el autocuidado de la salud.

Hasta ahora, las estrategias nacionales de respuesta al VIH se han centrado en una aproximación biologicista que prioriza la epidemiología como si el virus se reprodujera en un laboratorio, es decir, sin reconocer el contexto social, cultural y sexual. Los gobiernos han logrado aislar al VIH de su realidad sexual a pesar de que el 90 por ciento de las transmisiones en nuestros países son por esa vía. Estamos perdiendo la oportunidad para invertir en acciones que no sólo reviertan la epidemia, sino que contribuyan a la igualdad de género en los planos íntimos, cotidianos y corporales de hombres y mujeres.

Las farmacéuticas nos están ganando la partida. Es más fácil comprometerse a distribuir tratamiento para prevenir y atender el VIH que apostar por mejores relaciones erótico afectivas y sociedades propicias para el ejercicio de los derechos humanos.

Necesitamos que las instituciones responsables de la educación, de las políticas de juventud, de igualdad de género y de las que se enfocan en la discriminación despierten y se comprometan a cambiar la cultura machista, adultocéntrica y heteronormativa que perpetúa las causas estructurales que alimentan la epidemia.

Necesitamos abrir los ojos y recuperar la sensación de “emergencia” que tenía el movimiento de VIH en los ochenta y noventa. De nada sirven los avances científicos si no van acompañados de la garantía del ejercicio y la protección de los derechos humanos. ¡El momento es ahora!

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